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Esteban Echeverría

 

            La figura de Esteban Echeverría presenta caracteres muy singulares. No mandó ejércitos ni ocupó elevadas posiciones de gobierno. El único cargo que desempeñó, a partir de setiembre de 1847, fue en el ostracismo, como miembro del Instituto de Instrucción Pública del Uruguay. Y, sin embargo, a pesar de esta página casi en blanco en punto a elevadas funciones públicas, su personalidad ha ido ganando relieves ante la opinión pública y su nombre ya colocándose, poco a poco, al lado del de Moreno, Rivadavia, Belgrano y San Martín. Fue, a falta de aquellos títulos, el jefe reconocido y aclamado de una fuerza muy ilustre: la segunda gran generación argentina, la de los emigrados, la que socavó los cimientos de la tiranía de Rosas, devolvió la libertad al país y lo organizó definitivamente.

            José Esteban Antonio Echeverría nace en Buenos Aires el 2 de setiembre de 1805. hijo del vasco José Domingo y de la porteña Martina Espinosa. Cursó los estudios primarios en la escuela capitular del popular y pintoresco barrio de San Telmo. Su benemérito maestro, Juan Alejo Guaus, le inculca la devoción por la causa de mayo, el amor por los humildes y el anhelo de constante perfeccionamiento moral. A pesar de este maestro, llevó en la alborada de su juventud una vida tormentosa de carpetero, guitarrista y guapo don Juan de los barrios del sur. La muerte de su madre, a quien adoraba, lo hizo reaccionar. Ingresa en el Departamento de Estudios Preparatorios de la flamante Universidad de Buenos Aires, que Rivadavia había fundado. Tenía sobre sus compañeros de aula la ventaja de haber amado, de haber sufrido y, lo que más importa, de haber sabido frenar sus pasiones a tiempo. Luego cayó bajo las garras de un tutor duro e incomprensivo. Sus esfuerzos para desembarazarse de él alumbraron el camino del ciudadano: hizo lo propio con la patria.

            En la Universidad, estudió latín, filosofía y dibujo con el excelente pintor sueco José Guth, dependiente del Departamento de Ciencias Exactas. Hizo después el aprendizaje del comercio en la casa Lezica Hermanos y en el negocio de aduanas de la misma firma. En octubre de 1825, merced a don Sebastián Lezica, que estuvo en Europa y sabía el partido que un joven como Echeverría podía sacar de un viaje, embarcó a bordo de la «Joven Matilde» en compañía de los sabios suizos Longchamps y Rengger. En Bahía pasó a la fragata francesa «Aquiles» y, a fines de año, arribó al Havre. Este viaje fue el gran acontecimiento de su vida. En Europa se autodescubrió. En Paris estudió en el colegio llamado «El Ateneo», tomó un maestro de matemáticas, se inscribió en una academia de dibujo, perfeccionó su dominio de la guitarra bajo la dirección del maestro Sor, realizó estudios de carácter histórico, político y económico y presenció la explosión del romanticismo. El suizo Federico Stapfer lo vincula al romanticismo alemán e inglés. Conocía bien a Goethe y Schiller, pero Byron fue su poeta preferido en esa corriente. Allí escribió sus primeras composiciones poéticas. Aprendió solo y trabajosamente la versificación española y compuso sus primeras poesías románticas dedicadas a su camarada, el joven galeno compatriota José María Fonseca; las intitula Ilusiones. Fonseca las celebra jubiloso. El juicio de Fonseca le sirvió de acicate para dedicarse a la literatura. Después de un corto viaje a Inglaterra, y a principios de julio de 1830, regresó a Buenos Aires, en compañía de Fonseca y del cirujano Ireneo Portela.

            Echeverría tiene prisa para hacerse conocer como poeta. A la semana de su arribo publicó, en la "Gaceta Mercantil", sin firma, las composiciones iniciales "Regreso" y "En celebridad de Mayo". En las dos entona cálidos himnos a la libertad, que Mayo simboliza, y expresa el orgullo americano de vivirla mientras casi toda Europa gime en la opresión. Después de insertar en el "Diario de la Tarde" los versos de la Profecía del Plata, en los que vuelve a fulminar a los tiranos, guardó 16 meses de silencio, y en setiembre de 1832, editó, en un folleto anónimo, el poema Elvira. La crítica y el público lo recibieron fríamente. El propio autor no se mostró satisfecho de su obra, pero subraya su originalidad al advertir que no hallará modelo alguno en la poesía castellana y que reconoce como origen a la poesía del siglo, la romántica inglesa, francesa y alemana. Ese poema inicia la revolución romántica en lengua española. Tal es su mérito fundamental, muy por encima de su valor estético y de la trágica historia de los amores de la cándida Elvira con el apasionado Lisardo.

            El esfuerzo realizado en estas andanzas líricas y el rumbo de la política nacional bajo la inquietante dirección de Rosas afectaron su salud. En el Uruguay, en Mercedes, sobre el Río Negro no halló alivio a sus males, a despecho del placer que le produjo el encuentro con una risueña naturaleza. Trazó varias composiciones, como la popular "La Diarnela" y el cumplido pero muy triste "Adiós al Río Negro". El temple varonil de su espíritu y la poesía, lenitivo y sublimador de sus dolencias, le salvaron entonces. Demostró en 1833 la entereza de negarse a cantar la expedición de Rosas al desierto. Al año siguiente publicó el primer libro de versos debido a un vate argentino en Buenos Aires: "Los Consuelos", en el cual logró el triunfo que Elvira no pudo conseguir. Canta bellamente a la naturaleza y evoca esos estados íntimos de desazón, amor y melancolía caros al estro romántico. Sus versos, recuerda Gutiérrez, «fueron el eco de un sentimiento común y una verdadera revolución». En el prólogo manifiesta Echeverría su aspiración: reflejar nuestra naturaleza y costumbres, para que nuestra poesía revista carácter original y llegue a ser sublime, como los Andes. y fecunda y varia como nuestra tierra. También debe recoger nuestras ideas dominantes y no abstraerse del choque de los intereses sociales, esto es, vibrar con la vida de la nación. Esta actitud le mueve a incorporar al pueblo a la literatura, una de las conquistas memorables del romanticismo.

            Su máximo triunfo literario lo obtiene, en 1837, con su segundo libro de versos, "Rimas", "La Cautiva" lo encabeza. En éste alcanzan su apogeo las cualidades estilísticas del autor: gran fluidez, imágenes claras, frescas y sencillas, armonía y musicalidad, a ratos dulce y subyugadora. Como vate presta dos grandes servicios a las letras del Plata: inicia la revolución romántica y, gracias a La Cautiva, incorpora el paisaje argentino como tema de inspiración literaria. Señala así rumbos a Latinoamérica: los artistas e intelectuales que anhelen dar una nota propia habrán de captar preferentemente los rasgos peculiares de las comarcas donde viven y de los tipos, costumbres y modos de sentir y de pensar que engendran. Compone de mano maestra la ágil y límpida descripción de la pampa, sus imponentes silencios, los misterios, leyendas y supersticiones que incuba, la rudeza y la primitividad de sus pobladores. Prestigian igualmente a las Rimas unas dulces Canciones, las estrofas Al Corazón y, en particular el Himno al Dolor, en el cual se eleva a majestuosas alturas líricas.

            Echeverría se adhirió casi inmediatamente al romanticismo en Europa y lo introduce en Latinoamérica porque capta su esencia renovadora, facilitado en esta tarea por la circunstancia de provenir de un continente que luchó épicamente por la libertad. El romanticismo sano y responsable lo salvará del enfermizo de su tormentosa mocedad. De allende el océano volvió, preparado para luchar por las nuevas tendencias estéticas. En estas latitudes se asistirá a la lid entre clásicos y románticos; a fuera de tales, Sarmiento y Vicente Fidel López librarán la resonante batalla prestigiadora de la flamante enseña de Chile. A esas horas Echeverría ya había fundado la literatura argentina. Gaucho civilizado, asimiló los zumos de la tierra; los transforma en cantos. Sin ser un gauchesco literario, quizá porque piense sagazmente que los pasos iniciales de la literatura propia debe darse en versos cultos, comprensible inmediatamente en todos los ámbitos del habla española, abre el camino a la obra trascendental de Hidalgo, el vate oriental, y de los argentinos Ascasubi, Hernández y Del Campo.

            Hasta 1837 Echeverría fue conocido exclusivamente corno poeta. A partir de ese año empezó a ser admirado corno pensador político y sociólogo de fuerza. Une desde entonces el romanticismo social al literario, pero un romanticismo que echa raíces en las entrañas de nuestro suelo y reelabora el pensamiento argentino por excelencia, o sea, el pensamiento de Mayo. Una futura gloria rioplatense, el oriental don Marcos Sastre, acertó a reunir a los más brillantes representantes de las noveles promociones en su Salón Literario que instala en la «Librería Argentina», inaugurado el 23 de junio, de 1837. Ese día ocuparon la tribuna Marcos Sastre, Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez, cerrando el acto, a pedido del público, Vicente López, autor del Himno Nacional. En el Salón los jóvenes rinden fervoroso tributo a Byron y Hugo, leen fragmentos de La Cautiva, discuten las nuevas tendencias artísticas, acogen, atenuadas, ciertas fórmulas del socialismo romántico de Saint-Simon y Leroux, elogian a Lammenais, Mazzini y Lerminier y se adhieren a la escuela del pueblo de Pestalozzi, y Alberdi sintetiza su reciente Fragmento preliminar al estudio del Derecho. Al echar reflexivas y progresistas miradas sobre los problemas políticos, ganaderos, agrícolas e industriales del país, Echeverría sorprendió a todos con su gran dominio de la materia. Nadie lo sospechó antes. El ascendiente ganado movió a Sastre a ofrecerle, en setiembre de ese año, la dirección del Salón, creyéndolo llamado a encabezar la marcha de la juventud y a levantar el estandarte de los principios que deben guiarla. Pero Rosas no toleró semejante explosión liberal de la juventud y menos que pudiese nadie agitar consignas políticas, en desacuerdo con las de su gobierno. De modo que las actividades del Salón declinan y, en mayo de 1838, cesan. Sastre tiene que rematar la librería mejor surtida de la ciudad.

            Clausurado el Salón, Echeverría se dedicó a reunir de nuevo a la gente joven en una entidad secreta cuyo nombre fue Asociación de la Joven Generación Argentina, denominada también Joven Argentina. En junio de 1838 echa sus bases y el 9 de julio juraron sus miembros, de acuerdo con una fórmula análoga a la de la Joven Europa; Echeverría presidió la entidad; Juan María Gutiérrez desempeñaba la vicepresidencia. Se proponían actualizar el ideario de Mayo exponerlo en un Credo. Designados Echeverría, Gutiérrez y Alberdi para redactarlo, lo compuso el primero, a fin de darle unidad ideológica y de estilo, salvo el capítulo final, debido a Alberdi. Simultáneamente Echeverría trazó, en carta a Gutiérrez, un amplio programa de trabajo. Contempló en él, con criterio de precoz estadista, los problemas fundamentales del país. Aprobado en libérrimos debates por la Asociación el documento. Alberdi lo llevó a Montevideo, para insertarlo en el último número del periódico El Iniciador (1 de enero de 1839), que dirigían Andrés Lamas y Miguel Cané. Su título completo es el de Código, o declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina; también lo llama Credo, Creencia o Catecismo. Mozos idealistas, daban como presente al futuro, en la certeza de que algún día representarán la genuina aspiración de la nacionalidad. Jóvenes capaces y de gran porvenir se agruparon en las filas de San Juan, Córdoba, Tucumán y Montevideo. Alberdi hizo una propaganda incansable en la serie de periódicos que publicaron en la vecina orilla, y el doctor Manuel Quiroga Rosas introdujo el Credo en Chile.

            Consta éste de quince palabras simbólicas, algunas tan sustanciosas como las dos primeras y, particularmente, las dos últimas. Restablece el sentido de la continuidad histórica y ve en la Revolución de Mayo la fuerza motora de la evolución del país. Traza dos líneas de desarrollo nada inexactas, pero muy esquemáticas. La que arranca de 1810 simboliza el progreso, la libertad, la democracia plena. La otra, contrarrevolucionaria, representa el misoneísrno, la xenofobia, la vuelta al aislamiento y a los prejuicios de la era colonial; Rosas la encarna. ¿Qué debe hacer la República bajo las solicitaciones de la juventud? Abandonar la vía retrógrada y retornar a los imperecederos principios de Mayo. Y a ese objeto debe levantarse por encima de las cruentas y estériles reyertas de unitarios y federales y combinar armónicamente ambas formas de gobierno en un sistema federal-unitario. Es el que responde admirablemente a los antecedentes de la nación, como se demuestra en la correspondiente palabra simbólica, que Alberdi trazó. El Credo entona un himno a la democracia; esta es la bandera de Mayo, una democracia no limitada a la esfera electoral o política únicamente, sino extendida a la totalidad de las actividades humanas: a la filosofía, la religión, el arte, la ciencia y la industria, encaminada a emancipar a las masas y a redimirlas mediante el trabajo, la educación, la moralidad y un orden justo en todos los terrenos. 

            A raíz de la revolución del sur de la provincia de Buenos Aires (octubre-noviembre de 1839) Echeverría se vio obligado a emigrar al Uruguay. Llegó a Colonia en setiembre de 1840, se alojó en la casa del doctor Daniel Torres, compañero de las aulas escolares. Este distinguido médico cuidó sus achaques. Echeverría empleó sus ocios en la meditación, el estudio y la poesía. Compuso dos excelentes cantos, El 25 de Mayo y A la Juventud Argentina en mayo de 1841. Permaneció en Colonia diez meses. Un escenario más vasto reclamaba sus esfuerzos: Montevideo; allí se trasladó en junio de 1841, llamado por sus amigos. Su situación económica no era nada brillante. A poco de iniciado el sitio de Montevideo, se enroló en la Legión Argentina, al mando del coronel José María Albariños, pero el cirujano de la guarnición aconsejó licenciarlo a causa de su pésima salud, lo que no le impidió presentarse arma al brazo, cuando se llama urgentemente a la población hábil a defender la plaza. En abril de 1843 se vio privado de la compañía de sus directos amigos y discípulos Alberdi y Gutiérrez, que viajaron a Europa; se sumerge en sus afanes literarios como un anacoreta, huraño, casi misántropo. Al promediar el año siguiente, y cediendo a las incitaciones de sus amigos -entre ellos el general Pacheco y Obes y Andrés Lamas-, vuelve a la lucha, anunciando entonces el propósito de escribir la Ojeada Retrospectiva y reimprimir el Código. Entre tanto, participa en el grandioso homenaje a Mayo que en 1844 tiene lugar en la ciudad a iniciativa de Andrés Lamas, y en el que participa casi toda la población sitiada. Esta retempla la fibra heroica; los bardos la exaltan. De noche se realiza en el Teatro del Comercio la fiesta poética en la que lucen sus aptitudes Acuña de Figueroa, Rivera Indarte, Magariños Cervantes, Domínguez, Mitre y Cantilo; la melodioso composición de Echeverría es de las más celebradas. Rivera Indarte publica en El Nacional una crónica que promueve una ardorosa polémica entre el pendolista cordobés y Echeverría, llena de interesantes pormenores. Triunfa ostensiblemente el poeta de las Rimas.

            En 1846 editó el Dogma Socialista en dos partes; el Catecismo retocado y la Oleada Retrospectiva a modo de introducción, historia ,y comentario, siendo uno de los estudios que honran singularmente a las letras de fondo del país. Al pasar del Credo a la Oleada se produce un cambio de perspectiva intelectual; los elementos nacionales llenan casi enteramente la escena; quedan relegados, a un segundo plano los tomados en préstamos a las luminarias europeas. Asume un sello inequívocamente original y argentino. El pensamiento de su autor sufre, de tal suerte, útiles ampliaciones a través del tiempo. La Ojeada ensancha la inspiración del Credo y arroja sobre él nuevas, luces. Ese mismo año, en el afán de edificar la mente y el corazón de los niños en los sanos principios de la educación democrática, pasa al campo de la pedagogía con los bellos apotegmas del Manual de Enseñanza Moral para las Escuelas Primarias. Contiene sugerencias éticas de valor permanente. Pensamientos del mismo tenor apunta en su notable Discurso sobre Mayo.

            La doctrina del Dogma experimenta una cuarta ampliación en 1847, en las Cartas a don Pedro de Angelis, editor del Archivo Americano, en las cuales rebate el libelo del talentoso y erudito adversario, defensor de Rosas. En su curso Echeverría consigna nuevos antecedentes del movimiento cuya jefatura ejerce y los justifica concluyentemente. El trabajo es un modelo de literatura polémica. Señala en sus anales una fecha memorable, tanto por su justeza y soltura estilística como por el vigor y la terrible eficacia de sus argumentos. Como polemista se adjudica una segunda victoria.

            Estuvo a punto de entrar en una tercera controversia, esta vez contra Sarmiento, con motivo de una palabra que el recio sanjuanino deslizó en medio de sus encendidos elogios a Echeverría en su magnífica semblanza de los Viajes. Después de decir que Echeverría piensa donde nadie piensa, y es un verdadero poeta que traduce sílaba por sílaba a su país, su época y sus ideas, anuncia la próxima aparición del Dogma Socialista y acota: «El poeta vive, empero, aun al través de estas serías lucubraciones». Echeverría estimó despectivo el vocablo lucubraciones y, malhumorado, escribió a Alberdi protestando contra un término que sonaba en sus oídos como sinónimo de especulaciones meramente teóricas, cuando lo que él buscaba era reconstruir y regenerar a la patria. Enterado de la reacción, Sarmiento se rectifica elegantemente en una misiva cariñosa y admirativa.

            En su deseo de contribuir a plasmar prácticamente las ideas troncales del Dogma, Echeverría envió, en setiembre de 1846. sendos ejemplares de esa obra a Urquiza y al general Joaquín Madariaga, gobernador de Corrientes, acompañados de unas conceptuosas cartas, que tuvimos la suerte de hallar, y en cuyo texto los invitaba a restablecer el ideario de Mayo cual prenda de unión de todos los argentinos y a encabezar el partido correspondiente. Si el caudillo entrerriano lo conseguía, se adelantaba a proclamarlo el primer grande hombre de la República. Acertó el vate: Urquiza hizo triunfar la doctrina del Dogma. Se preparó Echeverría a escribir la obra cumbre orgánica del pensador y del sociólogo que hay en él. La Democracia en el Plata, que sería para estas comarcas la equivalente de La Democracia en América de Tocqueville y, de faltarle vida para realizarla, designa a Alberdi a fin de llenar esa tarea. Aquí se descubre el nexo entre el Dogma y las Bases y es notorio el existente entre la última y la Constitución vigente.

            En 1848, publicó en El Conservador, de Montevideo, su último estudio social importante: La revolución de Febrero en Francia.

            Aparte una serie de composiciones menores, escribió en la capital uruguaya tres largos poemas: La Guitarra, trazado en 1842 y publicado en el Correo de Ultramar, de París, en 1849; El Ángel Caído, terminado en 1846; y el Avellaneda, que data de 1849. En este mismo año dio a conocer el poema Insurrección del Sud, compuesto casi totalmente en su patria, en la estancia Los Talas. Exalta la trágica belleza del heroísmo desplegado en ese episodio de la cruzada contra la tiranía, imprimiéndole acentos épicos.

            Echeverría adoraba la guitarra; se recrea tocándola. En el canto que le dedicó a -algunos de cuyos pasajes se percibe la influencia byroniana-, desarrolló fluida y dramáticamente la historia de la mágica atracción ale dos almas jóvenes bajo el embrujo de ese instrumento; agente de una tempestad pasional de catastróficos efectos.

En El Ángel Caído, continuación de La Guitarra, se propuso animar coloridamente un vasto cuadro epicodramático en el que palpite todo cuanto eleve y degrade al hombre contemporáneo. Quiere dar vida, nada menos, que a un Don Juan distinto de los clásicos y románticos, de raigambre americana y características argentinas, pero en la realidad, el personaje que canta -rasgo no advertido suficientemente hasta la fecha- es una mezcla de Don Juan y del Fausto goethiano en el Nuevo Mundo. El personaje se diluye a través de los muchos miles de versos del poema. El vate resurge de vez en cuando en la fresca plenitud de su inspiración en su nuevo canto al Plata y en el soplo vibrante de la Vita Nova que levantará a la patria en virtud del triunfo de los ideales de Mayo.

            La inspiración, a menudo pobre en El Ángel Caído, renace feliz en el Avellaneda, en cuyas estrofas exalta al mártir de Metán, Marco M. Avellaneda. Es una de sus mejor logradas creaciones. Deliciosa es la descripción de la naturaleza tucumana y muy bella la pintura de Avellaneda y su mujer, y movida la acción dramático, en la que se suceden diálogos intensos. No menos afortunada es la descripción del desastre, de Famaillá y la de la estoica entereza y la proverbial impavidez del ilustre joven tucumano frente a sus crueles verdugos. En las vecindades de la muerte el estro del autor de La Cautiva recobra la juvenil lozanía y reflorece en el tono épico-dramático.

            En prosa escribió diversos trabajos, entre ellos el vigoroso cuento realista El Matadero -una joya en su género-, el Peregrinaje de Gualpo, en el que idealiza imaginativamente su viaje a Europa, las Cartas a un amigo, llenas de confidencias de su vida y de recuerdos de la madre. El Mefistófeles, esbozo de un drama satírico-político, que le sirvió de pretexto para hilar una serie de pensamientos en torno a variados temas en tono regocijado; interesan especialmente sus opiniones en materia filosófica. En la misma forma divertida y zumbona traza la Apología del matambre y la Historia de un matambre de toro. También formula finas reflexiones acerca de la estética literaria en varios trabajos póstumamente recogidos en sus Obras Completas, como Fondo y forma en las obras de imaginación, Clasicismo y romanticismo, Estilo, lenguaje, ritmo, método expositivo y Sobre el arte de la poesía. Al final de la Ojeada Retrospectiva Echeverría refutó al distinguido escritor español Alcalá Galiano en lo tocante a la situación y al porvenir de la literatura hispanoamericana y completa el poliedro de las direcciones y normas a las cuales rinde culto su generación.

            Echeverría es designado, en setiembre de 1847, miembro del Instituto de Instrucción Pública del Uruguay, institución que llena un importante papel en el país amigo y preparó el advenimiento de la Universidad de Montevideo, de cuyo organismo entra a formar parte en julio de 1849. En varios informes, en el Discurso sobre Mayo y La enseñanza popular en el Plata, y en el recordado Manual de enseñanza moral para las escuelas primarias expuso las bases sobre las cuales habría de edificarse en estas naciones el sistema de educación. A su juicio, la educación pública constituye la palanca más formidable de transformación de las costumbres y creencias de las naciones, debe responder a las necesidades reales de los Estados, proponerse fines sociales dados y reconocidos y fortalecer la democracia.

            Entregado a sus tareas literarias y educativas, repleto de proyectos, sus dolencias se agravaron y consumido por la tisis falleció el 19 de enero de 1851, tranquilamente, pues consideraba a la muerte sólo como la transfiguración de la vida. El pueblo de Montevideo acudió a las exequias, costeadas por el gobierno oriental. El ministro de Gobierno y los miembros del Instituto de Instrucción Pública llevaban luto en el brazo izquierdo. Despidieron sus restos el ilustre poeta uruguayo Francisco Acuña de Figueroa, el miembro del Instituto Fermín Ferreira, su secretario particular Valentín Cardoso y José Mármol. En diferentes oportunidades se ha tratado de localizar el lugar exacto donde reposan sus restos mortales, sin éxito alguno. Tanto Vicente Fidel López como Mitre coincidieron en que jamás aparecerán, por causa de las circunstancias extraordinarias en, que se hallaba el cementerio central de Montevideo durante el sitio. Su personalidad ha interesado nuevamente a estudiosos e investigadores de los últimos decenios y ganado la devoción popular como fundador de la literatura argentina, patriarca de nuestra nacionalidad y campeón de la democracia plena en América y el orbe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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